Ana Pérez, una gurú de moda a la que catapultó su madre y ya roza los 220 mil seguidores

Patricia Calveiro Iglesias
Patricia Calveiro SANTIAGO / LA VOZ

SANTIAGO

CEDIDA

Tiene 40 años y una enfermedad rara llamada síndrome químico múltiple, reside en Santiago y vive de la creación de contenidos digitales a través de la cuenta de @mapetitebyana

29 oct 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Aunque nació en Ferrol hace 40 años, Ana María Pérez Pérez reside actualmente en Santiago, una ciudad en la que ha vivido «de forma intermitente» y se ha convertido durante el último año en el lugar de residencia fijo de esta fashionista a la que siguen en Instagram cerca de 220.000 personas, a través de la cuenta @mapetitebyana. Su vinculación con la capital gallega le viene de madre (quien pasó su juventud en Compostela), cuenta, y a ella le debe también su gusto por la moda. «Yo comencé con 20 años en la universidad, estudiando la licenciatura de Historia del Arte, y quedé totalmente enamorada de esta ciudad», confiesa. Aquí conoció a su pareja hace 13 años, en las fiestas de la Ascensión, y con este santiagués decidió crear su nuevo hogar, en el centro urbano.

Ana ya lleva un tiempo viviendo exclusivamente de la creación de contenidos digitales, ayudando a combinar prendas y dando pistas sobre las últimas tendencias de moda, y explica que ha sido resultado de «un trabajo diario a lo largo de los años, por constancia» y no como consecuencia de una publicación viral en concreto. «Creé Ma Petite by Ana gracias a uno de mis mejores amigos, que me habló de una plataforma que se llamaba Chicisimo. Sabía que me encantaba la moda, la fotografía y me dio la genial idea de empezar a subir mis looks a la plataforma, ya desaparecida. Gracias a la página, comencé a darme a conocer en toda España y a continuación creé mi primer blog y abrí mi Instagram. En un principio, mi principal medio de trabajo era por medio del blog», recuerda.

Revela, además, que la persona que la hizo conocida fue nada menos que su madre: «Hace 13 años salía de trabajar e, incluso sin haber podido comer, ella me acompañaba a hacer fotos... ¡Menudo sacrificio en los comienzos! Porque, hasta que pasaron unos años, no empecé a cobrar ni a tener contratos más serios. Ahora es diferente, ya que las empresas de márketing quieren, en numerosas ocasiones, microinfluencers con pocos seguidores para realizar sus campañas. En ese sentido, es todo más fácil, aunque la competición es mucho mayor porque somos muchos más. Desde hace unos años, para las fotos me compagino entre mi madre y —cada vez más— mi chico, aunque él tiene su propio empleo. Sin embargo, la que edita y pone la capacidad artística soy yo», indica Ana, quien también se suele grabar sus propios vídeos.

La ferrolana comenta entre risas sus cambios de estilo: más grunge en la época universitaria y ahora más clásico. «¡Incluso hubo un momento en el que llevé algunas rastas! Hoy no me atrevería», apunta. Aunque no le gusta demasiado el término influencer, porque «no considero que tenga la capacidad de influir en nadie», defiende este como «un negocio sacrificado», mucho menos glamuroso de lo que pueda parecer desde fuera. «A pesar de que a diario leo y escucho frases del estilo de "los influencers no trabajan", no podría estar menos de acuerdo. Es un negocio sacrificado y quien conoce de forma cercana a alguno, lo sabe. Para empezar, eres autónomo, con todo lo que eso conlleva en un país como el nuestro. Y, para continuar, tienes que tener mucha capacidad para superarte a ti mismo y aprender constantemente. Tienes que saber realizar negociaciones duras, aprender de fotografía, vídeos y editarlos. También tienes que tener conocimientos sobre SEO, sobre el algoritmo de Instagram y trazar estrategias semanales. También hay que manejar conocimientos sobre empresariales y saber cómo hacer facturas. Al final, ser influencer es como cualquier otro trabajo en el que tú eres tu propio jefe y tienes que aprender de cero. Es duro. Por otra parte, está el tema de los haters y, en general, el desprecio hacia nuestra profesión de forma generalizada, hay que luchar a diario contra muchos prejuicios», sostiene. 

La mayor parte de sus seguidores son de España, así como de Italia, Francia y Sudamérica. Y, reconoce, sigue sorprendiéndose con los mensajes que recibe, tanto los positivos como los que exhalan odio (que haberlos, haylos, para bien y para bien —asume—). «Me sorprenden a partes iguales. Me resulta sorprendente cómo, desde una plataforma en la que no puedes tocar ni ver a una persona, acabas realizando uniones muy fuertes que podría llamar incluso de amistad en algunos casos. Por otra parte, también me impactan los mensajes de odio y no los entiendo porque considero que si algo no te gusta, es tan sencillo dejar de seguirlo y vivir tu vida... no acabo de comprender el sentido de este tipo de comentarios. Me resulta increíble ver cómo las personas actúan con total impunidad en las redes sociales, algo que no te dirían en la calle a la cara te lo sueltan mediante este tipo de plataformas y me parece algo muy serio. Tengo compañeras de profesión que se han llegado a suicidar por este tipo de acoso y bullying».

¿Y cuál es la parte de su trabajo que más disfruta y la que más le cuesta? Para ella, la mejor parte son viajes, sin lugar a dudas, responde:  «Adoro viajar pero, lamentablemente, no lo puedo hacer tanto como me gustaría. Tengo una enfermedad rara desde hace unos años que se llama síndrome químico múltiple y me imposibilita, en muchas ocasiones, hacer muchas cosas. Lo bueno es que la tengo en un grado no muy alto y he llegado a poder controlarla bastante en casa desde donde trabajo online. Lo malo es que muchas veces los hoteles no están preparados para las personas enfermas o viajar en avión se complica un poco. T lo bueno es que no he parado de luchar para buscar soluciones y posibles vías de escape para intentar llevar, en la medida de lo posible, una vida similar a la que llevaba hace años. Es una enfermedad que, en un principio, me partió la vida pero con el tiempo he aprendido a convivir con ella y mirar el lado positivo siempre de todo. Nunca hay que darse por vencido». En cuanto a la parte de su trabajo que peor lleva, dice que es «la competición insana que hay entre los compañeros de profesión. El negocio ya es bastante duro sin que te metan zancadillas, pero hay personas muy competitivas de forma negativa y, muchas veces, hacen que el trabajo se complique más de lo necesario».

Según un estudio del Centro Reina Sofía, en España uno de cada tres jóvenes quiere ser influencer. Ana cree que entre ellos hay una idea «romantizada de nuestra profesión» y les recomienda formarse y estudiar lo máximo posible: «Aunque considero que el mundo de las redes y la publicidad online es el futuro, no todo el mundo puede ser influencer. Cuando yo empecé éramos unos pocos, ahora es difícil conseguir financiación de empresas porque hay demasiados perfiles y tan solo entre un 10 % y 15 % de las personas que se dedican a esto pueden vivir 100 % de las redes». En su casa, recuerda, su familia «me tomó bastante en serio desde el principio porque vieron futuro en ello, pero mi pareja se lo tomaba como un hobby hasta que llegó el primer contrato remunerado. Ahora es el primero que está dispuesto a ayudar y madrugar para realizar el trabajo cuando es necesario».