Tercer artículo en tres años hablando de lo mismo. La cuestión no es que el escribiente sea un pesado, sino que los poderes públicos miran para otro lado ante un problema que ha vuelto a resurgir la semana pasada: la nula seguridad que tiene el peatón, y sobre todo los niños y adolescentes que acuden a sus buses escolares cinco días a la semana, en el tramo entre A Sionlla y Sigüeiro. Y aún hay luz y no llueve, pero en invierno es jugar a la ruleta rusa.
Ahora han sido los habitantes de ese sitio histórico que es Marantes los que han manifestado su hartazgo: en dos muy largas rectas con doble carril de subida tienen que cruzar a la carrera padres o madres con sus niños en brazos. Hace años existía una pasarela, cerrada porque amenazaba venirse abajo y al fin fue derribada. Pues no una, sino al menos tres se necesitan para evitar que un día alguien acabe despanzurrado. Así de duro, así de claro.
La contradicción viene porque esos mismos vecinos protestan porque se instale a menudo un radar móvil en dichas rectas. Desde luego el radar no sustituye a la pasarela, pero al menos asusta. Y eso quiere decir que los conductores levantamos el pie del acelerador, y ello, a su vez, constituye una buena noticia para quienes se lanzan a ir de un lado a otro del asfalto.
Este país es así, contradictorio. Porque, que se sepa, aquella funesta época en la que un guardia civil multaba porque le daba la gana ya pasó. Si uno cumple la ley y el reglamento debería celebrar que haya radares. La alternativa es ver pasar coches a 120 por hora. Quien lo haga, que pague.
Añadido: hace años, a quien esto escribe lo multaron por ir a 72 en vez de a 60 en el alto de Marantes. Una vez y nunca más.