Hay cosas a las cuales la ciudadanía de la comarca compostelana debería decir que no. Sea del color político que sea el que manda, llámese Xunta o alcaldía. En momentos en que el petróleo escasea y el coche eléctrico no acaba de arrancar tanto tecnológicamente como por su alto precio, apostar por aumentar las autovías que dan un modesto servicio es una comodidad a la que cuesta renunciar aunque el impacto ambiental y su repercusión en el cambio climático sea alto.
El argumento del espacio no viene a cuento aquí. Sí es cierto que en el Rhur alemán o en los aledaños de Londres ya no hay espacio físico para construir una nueva vía, ancha o estrecha: todo está ocupado, y no es cosa de derribar casas y arruinar a las familias que deberían de circular por esas mismas vías.
No, ese problema no lo sufrimos. Decir que somos el único país donde se diseñan autovías para ir a la playa (Miño, por ejemplo) puede sonar a demagogia, pero así es. Luego no hay dónde aparcar o bien se masca la revolución popular si se emplea la solución de toda la Europa desarrollada, que no es otra que pagar.
Y mientras eso sucede, el tren de cercanías se ha convertido en mero recuerdo. Los ocho millones en números redondos que cuesta cada kilómetro de autovía estarían mucho mejor empleados en crear una red de cercanías, empezando por Padrón y por Ordes-Sigüeiro, desde donde cada mañana a la hora de ir a trabajar se originan grandes colas. Por el norte de Europa adelante, cualquier ciudad de la relevancia de Santiago cuenta con su red de cercanías. Y luego, al autobús.
Claro que, bien pensado, aquí cada uno quiere ir en su coche aunque haya que enfrentarse al atasco diario. Somos ricos. Y algo chulos.