Imelga

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

24 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Ahora que ya ha pasado -o al menos eso parece- el lío de dónde va a ir o dejar de ir el edificio del Imelga, confieso que apoyo la postura de los vecinos, pero en absoluto por las razones que he ido leyendo. Así que he esperado a publicar estas líneas con el fin de que mis argumentos no fueran utilizados ni por unos ni por otros.

No estoy de acuerdo con que el Imelga vaya a Fontiñas porque en ningún país del norte de Europa, que son mis modelos, se sacrificaría una parcela que podría ser un jardín, un parque infantil, un lugar de ocio, un mero tapiz verde bien cuidado. Y hay escasísimos en el casco urbano.

La tendencia es justo la contraria: llevarse todo ese tipo de instituciones y organismos lo más lejos posible. Por ejemplo, por Marantes adelante. O por entre Enfesta y Lavacolla, que hay monte y monte. Con un aparcamiento generoso en espacio para los coches. Y más jardín alrededor. Y entre otras cosas la ciudad crecería racionalmente y, oiga, estoy seguro de que los trabajadores cumplirían su jornada laboral en una atmósfera más sana, sin ruidos, sin malos humos, sin tensiones para buscar dónde aparcar. Por eso mismo las ciudades en Alemania o en Finlandia tienen una extensión dos, cuatro o siete veces mayor que una equivalente en Galicia.

Por lo demás, tiene razón el Concello: aquello no va a ser un tanatorio ni van a estar a la vista cadáveres a medio destripar en plan CSI.

Vale -¡qué remedio!- que la Catedral esté rodeada de piedra con los minúsculos jardines de la Inmaculada como excepción (por cierto, ¿para cuándo colocar allí un panel indicando que se levantó en el solar un hospital de peregrinos?) y no vamos a convertir A Quintana en un prado, pero ¿el Imelga?