La radiografía del ictus en las mujeres: «En ellas pueden darse síntomas diferentes que en los hombres»
ENFERMEDADES
En general, en ellas suele aparecer más tarde que en los hombres, y no reconocer los signos a tiempo afecta a su tratamiento y pronóstico futuro
13 jul 2026 . Actualizado a las 18:32 h.Una de cada cinco mujeres sufrirá un ictus a lo largo de su vida y uno de cada seis hombres, también; pero ellas registran una mortalidad superior. Las enfermedades cerebrovasculares son la segunda causa de muerte en mujeres, cerca de 12.353 fallecieron en España en el 2025, por detrás de las demencias. En Galicia, se contabilizaron cerca de 937. Aunque la población femenina cuenta con una mayor esperanza de vida, detrás de esas cifras también se esconde una ardua realidad: en ellas se presentan con mayor frecuencia síntomas «atípicos» —en comparación con los que se describen más habitualmente— y esto puede provocar que el código ictus se active más tarde, con las consecuencias que eso acarrea en cuanto a secuelas.
Como regla general, el ictus en mujeres suele aparecer más tarde. «Entre los 75 y los 80 años. La razón es la pérdida de estrógenos con la menopausia, que mantienen las arterias elásticas y el colesterol controlado. Al llegar la menopausia, esta protección desaparece, pero el daño en las arterias no ocurre de la noche a la mañana; tarda en acumularse. Por ello, mientras el pico de ictus en hombres suele verse entre los 60 y los 70 años, en las mujeres se demora más», detalla María Dolores García de Lucas, miembro de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI). Sin embargo, no es una enfermedad exclusiva de personas mayores: hasta un 20 % de los casos se produce en menores de 50 años. Así, ellas lo padecen de una forma más grave, con síntomas más difíciles de detectar y «con un impacto mucho más letal porque con frecuencia, son más extensos».
La enfermedad cerebrovascular es tiempo dependiente. Desde la Sociedad Española de Neurología subrayan que por cada minuto que pasa sin que la sangre llegue al cerebro, se pierden casi dos millones de neuronas. De ahí la importancia de llamar a emergencias cuanto antes. Actuar en las seis primeras horas reduce las complicaciones en más de un 25 %. «Aunque las horas pueden cambiar de una guía a otra, lo importante es intentar abrir esa vía que está obstruida cuanto antes», afirma Sánchez. En el 80 % de los casos —teniendo en cuenta ambos sexos—, se produce la obstrucción de una arteria. Se los conoce como ictus isquémico. El 20 % restante son hemorrágicos y se deben a la rotura de alguno de los vasos. Resultan más graves y su pronóstico es peor.
Síntomas menos conocidos y retraso diagnóstico
«En las mujeres pueden darse síntomas diferentes que en los hombres. No es lo más correcto llamarlos ‘atípicos’ porque habría que mencionar con respecto a qué, pero sí que se presenta una clínica diferente en ellas. Podemos decir que son menos documentados y que tienen un mayor riesgo de presentar signos no focales», explica Susana Sánchez Ramón, subsecretaria del grupo MUYEres en la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (Semes). Es decir, las señales de alarma más habituales son la caída de un lado de la cara o sonrisa desigual, la debilidad o adormecimiento en un brazo o pierna y dificultad para hablar, arrastrar las palabras o que salgan de la boca de forma incomprensible. «En la mujer, en cambio, se da con más frecuencia una debilidad generalizada, cefalea, vértigo, sensación de pérdida de conocimiento; clínicas o presentaciones que están menos documentadas», amplía.
«A veces, el ictus en la mujer se manifiesta de manera más sutil con migraña, estrés, cansancio, y puede ser más difícil de diagnosticar si no se realiza una historia clínica detallada y una exploración física exhaustiva. Si no se procede de esta forma, puede no diagnosticarse o pasar desapercibido», asegura García.

Estas diferencias repercuten en dos consecuencias. Por un lado, existe un retraso prehospitalario, es decir, la mujer puede tardar en pedir ayuda porque no identifica sus síntomas con los de un ictus. «Incluso se puede llegar a quitar importancia, ‘‘esto ya se pasará’’ o ‘‘voy tomar un paracetamol y reposar un poco a ver si se me pasa’’. En ellas se da más lo que se conoce como una actitud de esperar y ver», indica Sánchez. Además, a esto también se suma un posible retraso de actuación incluso dentro del ámbito sanitario. «En ocasiones, los profesionales también pueden tardar en reconocerlos. Por lo tanto, pueden existir diferencias en las tasas de activación de los denominados códigos ictus».
Posible retraso en acceso a tratamientos
Al existir un retraso en el diagnóstico, este también se da a la hora de acceder a un tratamiento. «La mujer se beneficia menos de la posibilidad de realizarse una fibrinólisis —proceso mediante el que se disuelven los coágulos en sangre (trombos), evitando que crezcan y bloqueen los vasos sanguíneos—. Son peores candidatas porque ha pasado más tiempo desde el inicio de los síntomas hasta que se puede hacer», sostiene Sánchez.
También existe otro problema: como las mujeres tienen una mayor esperanza de vida, es más probable que vivan solas o de manera institucionalizada. A la hora de hablar de secuelas y recuperación, María del Mar Freijo, coordinadora del Grupo de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares de la Sociedad Española de Neurología (SEN), insiste en que se deben tener en cuenta múltiples variables: «Si comparamos a un hombre que ha tenido un ictus con 70 años con una mujer que lo sufre a los 85, esta última probablemente tenga mayores limitaciones. Y además de la edad y el sexo, también se debe tener en cuenta el contexto sociofamiliar». Los pacientes que son dados de alta a su domicilio suelen presentar una mejor situación funcional que les permite regresar a su entorno habitual o disponen de los cuidados adecuados en su domicilio para poder adaptarse de forma satisfactoria a la nueva situación surgida tras el ictus. Los pacientes que requieren ser trasladados a residencias o centros de media-larga estancia presentan mayor afectación funcional y menores opciones de recuperación en el futuro.
La situación previa del paciente también determina su pronóstico posterior. «Si ya se tiene un deterioro de la vida de forma previa porque vivimos más que los varones, esto también influye en la rehabilitación posterior. El pronóstico es peor y la incapacidad mayor», añade la médica de urgencias. Se calcula que la tasa de mortalidad anual tras sufrir un ictus es un 35 % más alta en mujeres que en hombres.
Factores de riesgo: el papel de las hormonas
Las mujeres comparten con los hombres los factores de riesgo vascular clásicos, como la hipertensión, la diabetes, el colesterol alto o el tabaquismo. «Pero también están expuestas a factores hormonales y biológicos exclusivos vinculados al embarazo, el uso de anticonceptivos orales y la menopausia, que modifican el comportamiento de la enfermedad», matiza la miembro de la SEMI.
Es decir, ellas suman factores específicos ligados a la vida fértil. «La hipertensión gestacional, conocida como preeclampsia, posibles complicaciones en el parto y la menopausia. Están directamente relacionados con los niveles de estrógenos que son hormonas protectoras del riesgo vascular y esta defensa se pierde con el descenso que acontece después de la etapa fértil. Además, en la mujer son más frecuentes las enfermedades inmunomediadas que conllevan más riesgo vascular», amplía la doctora.
«La hipertensión en el embarazo es un factor de riesgo que consideramos emergente en cuanto a investigación. Hasta ahora no se le daban importancia y ahora sí. Han sido ignorados, pero siempre han estado ahí. Sucede lo mismo con la menopausia precoz, que incrementa el riesgo cardiovascular», sostiene Sánchez.
Los principales retos
A la hora de hablar de los principales retos en el abordaje de ictus en mujeres, Sánchez tiene claro cuál es, para ella, el principal: «Pensar con perspectiva de género; tanto nosotros, los profesionales médicos, como la sociedad en general. Tenemos que pensar que hay diferencias y que estas tienen que salvarse para poder llegar a una equidad, tanto de diagnóstico como de tratamiento». Además, la participación de ellas en los ensayos clínicos, hasta ahora, no era igualitaria. «Las conclusiones que se han asumido eran para hombres y mujeres siempre. El reto que tenemos en investigación es incluir ambos sexos de forma proporcional, para que se hagan análisis de las diferencias que pueden existir», remarca la coordinadora del Grupo de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares de la SEN.
Sin olvidar la rehabilitación o recuperación. «Los tratamientos personalizados también requieren ser estudiados de forma individualizada en hombres y mujeres para ver posibles similitudes y diferencias. Eso también es fundamental para seguir avanzando», concluye Freijo.