El acuerdo entre las tres administraciones que lanza el proyecto de la depuradora de Santiago tiene una trascendencia que a pie de calle no es fácil percibir en su justa medida, y eso que llevamos hablando de la EDAR más de diez años. Pero, claro, se ve y luce mucho más la rehabilitación de la Catedral que la depuración de la mierda que generamos y que, desde hace mucho tiempo, llega al Sar, y del Sar al Ulla, y del Ulla a la ría de Arousa, dejando un reguero de inmundicias a su paso por Ames, Brión, Rois y Padrón. De haber una conciencia social nítida de su relevancia, el proyecto no hubiera dado tantos tumbos en los despachos desde que Conde Roa lo dejase como uno de los legados de su funesto breve mandato y Noriega no supiese resolverlo. Ahora vuelve al punto de partida del 2011 pero con una factura más elevada para los compostelanos. ¿Es justo que más de diez millones del coste puedan recaer en el bolsillo de los vecinos? Sin duda, no. Véase el caso de la depuradora de Vigo: cuatro veces más cara que los modestos 56 millones de la ampliación de Silvouta, le supuso al Concello solo 12 en terrenos. Tiene razón Bugallo: este era el último tren y había que cogerlo. Paradójicamente, lo trajo el covid con los fondos europeos de reconstrucción. Con la aportación de la Xunta siempre garantizada, Madrid (Acuaes) debió poner de su parte algo más que la mediación para asignar el dinero de Europa. No en vano, es un proyecto de interés general. Pero lo firmado, firmado está y difícil será reescribirlo.