Bendiciones y tentaciones


El portavoz de uno de los grupos de empresas que más están padeciendo los efectos del covid en Santiago, el de los grandes hoteles, acogía con los brazos abiertos de todo el sector hostelero la decisión del papa Francisco de ampliar el año santo al 2022 afirmando que esta es la segunda mejor noticia posible. La primera, claro, se producirá cuando superemos por fin la pandemia que tantas vidas está destrozando, como dijo Esteban Iglesias a La Voz en una sentencia inapelable. Afortunadamente, las vacunas nos permiten empezar a ver la luz al final del túnel, y la ampliación del año jubilar será la mejor herramienta para lanzar la recuperación económica de la ciudad una vez superada la crisis sanitaria. La concesión que hace el papa del bienio jacobeo es mucho más de lo previsible y se ha recibido en Santiago casi con tanta sorpresa como satisfacción. Ni siquiera Feijoo y Bugallo se lo esperaban, si acaso hasta el 25 de julio del 2022, que era la opción b defendida ante sus jefes por el arzobispo Julián Barrio, a quien hay que reconocer los méritos de este logro histórico.

Conseguido lo que en verdad no era fácil, esta «bendición» papal, la capital gallega tiene ante sí el reto de no dejarse llevar por la complacencia, por los cálculos económicos cortoplacistas que traerá la remontada lo antes posible y seguir en la acomodaticia dinámica de siempre. Hemos escuchado en los últimos meses, desde las más diversas instancias políticas, empresariales y sociales, mensajes apremiados por el hundimiento del sector turístico, del que en gran medida vive la ciudad, en el sentido de que es imprescindible diversificar la estructura económica acelerando el desarrollo de actividades que despuntan alentadas por el talento que acumula la investigación en la universidad, la sanidad pública o en las mismas empresas -tradicionales o no- que lideran la innovación en entornos sumamente competitivos.

Este es un peligro real que no nos podemos permitir: que la ciudad se siente a especular y deje escapar un tren rápido de modernización de su base económica. Es una tentación de la que no nos va a proteger Francisco ni el mismísimo Apóstol.

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