Se lleva dentro

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

A veces da la impresión de que este es un país que va a golpes de pulmón. Y que entre golpe y golpe queda paralizado, reconcomiéndose, mirándose el ombligo y criticando al de al lado. Pasó con el Prestige, cuando toda Galicia, con Santiago como lógico centro, y especialmente la Costa da Morte, vibraron. Y recibimos una avalancha de voluntarios. ¿Qué pasó después? Que el voluntariado pasó a ser o pieza menor o adversario. O no se le daba (ni da) importancia o bien se consideraba (y se considera) que era enemigo a batir porque, al parecer, destruye puestos de trabajo. Y si los vecinos quieren el atrio de la iglesia limpio y con la hierba cortada, que el alcalde mande una cuadrilla, a ver por qué voy a hacerlo yo.

Un error como la copa de un pino, claro. Por eso acciones pequeñas como la furgoneta de la Xunta recorriendo Galicia desde el pasado viernes y hasta el próximo -arrancó en Santiago, y el sábado se celebró en todo el mundo el Día Internacional del Voluntariado- son no solo buenas ideas sino más necesarias que nunca. Nadie puede aspirar a que la Iglesia contrate personal «ad calendas graecas» para abrir las puertas de sus templos. Ni que el concello de turno tenga suficiente dinero para limpiar todas sus playas (en Gales organizan una gran quedada para ello, y miles de voluntarios se echan a la costa a dejar planchados sus arenales).

También es cierto que podemos arrinconar a todos esos voluntarios -incluido el autor de estas líneas- y contratar personal. Sí, es posible y en realidad es muy sencillo: solo implica pagar muchos más impuestos.

Pero el ser voluntario no se reduce a algo económico. Se lleva dentro. Porque los demás y la naturaleza importan. Nos importan.