McDonald's


Podemos animarnos a poner puertas al campo, pero será labor estéril. Como también resulta estéril despotricar contra McDonald's porque es comida basura, tal y como se ha bautizado. Siga quien así lo desee mirando al dedo en vez de a la Luna, porque el McDonald's de Santiago, como todos los que uno encuentra en su vagar por el mundo europeo adelante, se ha transformado en punto de encuentro y de reunión de nuestros hijos. De manera que ignorarlos no tiene pinta de ser un buen negocio.

Porque supóngase que la popular multinacional norteamericana decide abrir un local en, por ejemplo, Sigüeiro. ¿Votos en contra? Presumo que muy pocos. Pueden apostar a que se contarán con los dedos de una mano. ¿Qué grupo de concejales criticaría a esa cadena de comida rápida en un pleno y se opondría su instalación? El personal de a pie devoraría a tan osados ediles en cuanto salieran a la calle.

El menú en un McDonald's, desde luego, no incluye lubina salvaje al aroma de albariño, ni caldeirada de merluza, ni entrecot a la pimienta gris de Jamaica ni cosa semejante, pero resulta que no solo gusta al mocerío sino que además es barato. Súmesele que los controles sanitarios de los alimentos son máximos -desde luego, mucho más estrictos que en la hamburguesería Chimpanpún-, y todo lo que se come ahí es comestible.

A mayores hay que seguir sumando que en el caso concreto de Santiago los trabajadores derrochan atención, acostumbrados a lidiar con infantes y adolescentes, que reconozcamos con la boca pequeña que no son caza menor. El local es grato y luminoso, y si no hay sitio en el aparcamiento propio lo hay justo atrás.

McDonald's es un icono de nuestro tiempo. Nos guste o no.

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