Disney ataca


Tengo mala conciencia. Y es que uno de mis conciudadanos es afroeuropeo (supongo que se dirá así, ya que se dice afroamericano). Para los asquerosos racistas, tengo un vecino de raza negra (pero tampoco existen las razas). A ver, comencemos de nuevo: tengo un vecino cuya piel es de color más oscura que la mía. ¿Vale? Resulta que aparte el color de la piel, ese hombre es un tonto redomado. Presuntuoso, sabidillo e insoportable. Pero mi problema es que no sé si puedo decir esto o tengo que decir que es una maravilla de vecino. Porque igual me acusan de algo.

También tengo muchas dudas sobre si puedo poner en esta mi casa películas de Disney, sin duda alguna ofensivas, como Los Aristogatos. Y ya no digamos Peter Pan, que es un ídolo con el que disfruto todos los años. Y es que Disney avisa de que contienen estereotipos peyorativos sobre minorías. Y yo no quiero faltar a nadie, por supuesto. Y aunque los zulús siempre me parecieron malos malísimos, pero prometo ir a reeducación. Tampoco me trataron nada bien los habitantes de las islas Feroe cuando estuve allí, pero seguro que habrá sido por mi estrecha visión de las minorías y debo alabarlos tanto si vuelvo como si no.

Cualquier opinión que tenga de los LGTBI, o de los socios del Barça (soy del Real Madrid y me pueden acusar de delito de odio), de las feministas radicales o de lo que sea, me la callo. Es más, cuando voy por Santiago, ciudad cosmopolita desde hace 1.100 años, voy con miedo, no vaya a ser que mire más de cinco segundos a alguien de una minoría y me enchironen en medio del aplauso general.

Miren, me lo he pensado mejor: me quedo en casa. Y si llama el cartero, ni abro a la puerta. No vaya a ser que sea zulú.

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