El regreso


La balsa de Refoxo fue el lugar donde aprendimos a nadar casi todos los chavales de mi edad. Tenía una parte arenosa en la que hacíamos pie, y otra más profunda con la que nos atrevíamos una vez que lográbamos mantenernos a flote. Era un embalsamiento en el río Barcala («el río pequeño», para nosotros), un afluente del caudaloso Tambre a su paso por nuestro pueblo. Allí pasamos muchas tardes de aquellos largos veranos, más contentos que si se tratara de una de las modernas piscinas olímpicas que habíamos de descubrir mucho más tarde. Así de grande me parecía entonces, y esa idea de la balsa, con su agua transparente y fría, fue la que conservé hasta este verano, en que pasé cerca de ella por un nuevo sendero que sigue, por momentos, el cauce del río. Aquel era un sitio mágico para mí: un campo amplio donde jugábamos al fútbol antes de bañarnos, donde nos contábamos historias de películas y tebeos con todo tipo de detalles, donde cambiábamos ejemplares del Capitán Trueno y cromos de futbolistas para completar el álbum (el portero Ramallets era dificilísimo de conseguir), y donde aprendimos las primeras pillerías. Ya en la adolescencia, acudían también a la balsa algunas chicas de nuestra edad, ante las que tratábamos de lucirnos tirándonos al agua con mucho ruido y muy poco sentido de la prudencia. Poco caso nos hacían, ajenas a nuestras supuestas exhibiciones…

Este reencuentro, después de tantos años, con la balsa de aquellos veranos me hizo sentir, por un lado, la emoción de un pasado que vuelve a mi memoria, así, sin previo aviso, con todas las ramificaciones de un recuerdo tan denso; y por otro, una reflexión que te deja frente a frente con la realidad de la vida: se pueden recuperar los lugares, pero no el tiempo, que, inexorablemente avanza hacia adelante y que no tiene marcha atrás. Además, los lugares tampoco son los mismos. Ahora todo parece más pequeño, los árboles, el campo y hasta la superficie de la balsa, siendo la misma, se ha quedado en el tamaño de una piscina infantil. Y me entró la duda de si nada es ya igual porque uno ya no es el mismo y las cosas se ven con otros ojos y desde otra altura, o realmente es el tiempo quien lo cambia todo. Lo único de lo que tengo certeza es de que los recuerdos hay que cuidarlos y guardarlos celosamente en la memoria, sobre todo cuando son agradables y nos remiten a un pasado feliz. Como decía Tomás Moro, «el recuerdo es el único paraíso del que no podemos ser expulsados».

Volví pensativo hacia el grupo de acompañantes de senderismo, que se habían quedado a la sombra de un abedul mientras yo curioseaba la balsa. Alguien me preguntó cuántos años hacía que no visitaba este lugar, y respondí que más de cincuenta. Pero no era en el enorme hueco del tiempo en lo que yo pensaba. Había más cosas a las que iba llegando por esos pasadizos extraños que tiene la memoria. Las vidas diferentes que el destino había diseñado para cada uno de aquellos niños que en, en esos años, éramos todos iguales en sueños y realidades. Contados de prisa, cuatro o cinco de aquel grupo de chavales se han marchado de este mundo sin edad para hacerlo, entre ellos dos de mis mejores amigos. Todo se me fue enmarañando hasta quedar sumido en una vaga nostalgia difícil de explicarles a los compañeros de paseo. Solo se me ocurrió decirles lo que recordaba haber leído en un poema de un poeta amigo: «Si alguna vez, en algún sitio, fuiste feliz, nunca regreses (…) Y en vano buscarás los pájaros de antaño».

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