Goteo de cierres


El camino hacia la nueva normalidad está dejando un panorama desolador. El goteo casi diario de cierres comerciales y hosteleros no empezó con el coronavirus, pero la pandemia fue el puntillazo final para algunos que estaban en la cuerda floja o que, superada con creces la edad de la jubilación, no están dispuestos a seguir remando en aguas turbulentas. Ahora que, por ejemplo, el café Derby dice adiós, no se sabe hasta cuándo, son muchos los que recuerdan sus tardes de chocolate con churros en el café, pero pocos son los que reconocen que dejaron de tomarlo hace años. En los cierres de comercios y hostelería tenemos todos una parte de responsabilidad. Les echamos de menos cuando desaparecen y nos deshacemos en elogios, pero la realidad es que, en general, se vive de espaldas al comercio de proximidad. Es más cómodo, aunque no siempre más barato, comprar desde el sofá de casa y esperar a que el repartidor llame a la puerta. El goteo de rejas cerradas afecta a toda la ciudad, pero en el casco histórico es muy preocupante. Pasear por sus calles, y comprobar que, en algunas, casi hay más locales cerrados que abiertos es desolador. Contar los cierres en las principales rúas del Ensanche y de otros barrios pone los pelos de punta. Ante esta situación, los propietarios de locales debían preguntarse si no tendrían que adaptar las rentas a la nueva realidad. Las Administraciones deberían poner en marcha auténticos planes de recuperación y no simple humo. Quizás así los pocos emprendedores valientes tendrían más posibilidades de iniciar una actividad, y culminarla con éxito.

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