La noria


Si tuviese que escoger una habilidad especial sería echar el vuelo y flipar con las vistas. A falta de alas o de un motor en las muñecas, disfrutar de las alturas forma parte de mi ADN de humana con deje de grulla. Por eso, y por el poso que conservo de la pasión por el cine clásico, la querencia por las norias es otra de mis debilidades. Recuerdo con especial emoción la del Prater gracias a El tercer hombre. Y como ocurre con muchos mitos, no olvido el mareo posterior, mezcla de emoción y revoltura de estómago imaginándome el ¡Corten! malhumorado de Orson Welles.

Ahora viajo en el tiempo encerrada en casa mientras aporreo el teclado y recuerdo unas cuentas norias más, muchas en solitario porque es lo que tiene viajar con la única compañía de tu curiosidad o de personas que tienen vértigo. Y me avergüenza reconocer que en esta memoria plagada de agujeros a lo Gruyère me falta la noria de Santiago, esa estructura que cada año miro engatusada y que aún está en mi capítulo vital del debe. No me ocurre solo con ella, también con otros lugares muy cercanos que no conozco y que jamás detallaré por escrito.

Y ahora, con unas fiestas de la Ascensión en las que lo único que puedo hacer es trabajar, salir de paseo o echar de menos a las personas a las que la pandemia o la vida las mantiene lejos, el encierro se me está haciendo demasiado largo. Casi infinito.

Para animarme, pienso en todas las cosas que me gustaría hacer más pronto que tarde, siendo consciente de que para subir a la noria y soñar desde lo alto tendré que esperar un año. Y eso es demasiado tiempo. Mea culpa...

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