Una de las primeras cosas que se enseñaba en las facultades de periodismo era la técnica de la pirámide invertida para dar la respuesta a los grandes interrogantes: qué, quién, dónde, cuando y por qué. El nuevo periodismo que nos relató Tom Wolfe le dio la vuelta a la tortilla y disparó los egos en este oficio de novelistas de la frustración. Y así fue hasta anteayer, cuando llegó la moda, o más bien la receta envenenada del clikbait, que se entiende mucho mejor cuando lo definimos como ciberanzuelo.
En eso estábamos cuando surgió un virus que nos mata y sobre el que todo el mundo pide información de la de antes, la de la pirámide invertida, una técnica a la que le falta la sexta interrogante que no era menester en tiempos de guerra y que es la que transforma nuestro oficio en un servicio esencial: dar una respuesta fiable y honesta al cómo.
La concreción perdió la batalla ante el circunloquio. Y en esas seguimos, con gobiernos que nos atosigan a comparecencias con tantas dudas como relleno. Quizá sea porque en esta nueva realidad alguien se olvidó de lo importante que resulta una buena comunicación para que el mensaje llegue a buen puerto. Esa que comienza con la pirámide invertida, sin rodeos ni vaguedades. La misma que sirve para anunciar en los primeros cinco minutos que habrá estado de alarma, ayudas a empresas, acuerdos laborales. Y multas, muertos y riesgos. También para decir la fecha en las que nos tocará votar. La nueva realidad tiene demasiadas incertidumbres como para añadir muchas, demasiadas, que no vienen a cuento.