Hacia la nueva anormalidad


Si algo deja claro el plan de desescalada del Gobierno es que lo que nos venden como bajada va a costarnos mucho más que la subida. Y que nada será como antes. Lo más parecido al fin del mundo tal y como lo conocimos. Como en la canción de REM, pero sin que ese final invite precisamente a sentirnos bien. Por eso el soniquete de la nueva normalidad frustra más que el Resistiré. Porque del mismo modo que no es normal esta posibilidad de pasarse semanas en pijama sin apellidarse Schnabel tampoco lo será ir a un restaurante a comer separados por mamparas o a recoger las viandas por una ventana. Lo único seguro es que llegaremos a la tercera fase mirándonos de reojo y sin salir de la marcianada sin bares en la que estamos metidos. Una película que ha adquirido tintes de serie B a fuerza de acumular imprecisiones y de exprimir la fórmula ensayo-error. Porque no debe ser fácil acertar con el cable para frenar la detonación cuando estás con el agua al cuello, pero también tiene lo suyo que, elijas el que elijas, quede siempre esa sensación de que has vuelto a cortar el equivocado.

El caso es que, en este tsunami que ha volteado el mundo en apenas mes y medio, se percibe por encima de todo el miedo en la toma de decisiones. Será el pánico a que, al liberarnos a la nueva anormalidad, la curva que tantas vidas se está cobrando vuelva a subir y esto se convierta en una montaña rusa que colapsaría, entonces sí, el sistema sanitario. Por eso hasta noticias positivas como ese repentino repunte de las altas refuerzan las dudas y la idea de que las cuentas de esta amarga crisis van a ser difíciles de cuadrar.

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