Mi vecindario sí que mola

Emma Araújo A CONTRALUZ

SANTIAGO

Desde que mi vida está ligada a una hipoteca las vistas desde mis amplias ventanas ha evolucionado, porque, si tienes suerte, cuando te instalas en una nueva urbanización que pagas durante décadas, el entorno crece contigo mientras encoge tu deuda y vas sumando achaques.

El vecindario con el que compartes todo esto es una especie de lotería, sobre todo en el mundo urbanita, con paredes que vienen con altavoces en el lote, ventanas posteriores en las que cuelgas alguna ropa y edificios con fingidas terrazas posteriores en la primera planta cuyo disfrute depende de la urbanidad de quien vive encima.

Y así, tras quince años de distanciada convivencia con mi vecindario, he visto crecer árboles y niños. También despedimos y dimos la bienvenida a algunas mascotas y no nos peleamos por la ubicación de los contenedores ni por el punto exacto en el que para el autobús, ya que, por supuesto, no tenemos marquesina.

Y ahora que la cosa está de lo más peliaguda, no nos echamos los trastos a la cabeza. Quien tiene mascota pasea en fila india a holgada distancia de seguridad del resto de la tribu animalista y cuando alguien sale a sacar la basura, a trabajar, o a lo que sea, no hay Inquisición que les eche el ojo.

La próxima semana, al ruido de las máquinas cortando el césped que nos dejan un olor maravilloso y a la multicolor fila india de paseantes de mascotas se unirán las pequeñas diabluras del barrio, que por estos lares tienen espacio para trotar y disfrutar sin tener que ir al supermercado. Pequeñas cosas hasta hace unas semanas, pero maravillosas para siempre.