La cola de la panadería


Los domingos por la mañana, con la calle desierta, se forma una cola silenciosa en la panadería del barrio. Es una fila recta y disciplinada, casi perfecta, con todos sus integrantes separados por la misma distancia, como si alguien lo hubiese calculado con una escuadra y un cartabón. A veces la procesión da la vuelta a la esquina, pero conserva intacta su armonía. En este extraño momento, en el que a menudo no sabemos qué es verdad o qué es mentira, los ciudadanos nos hemos convertido en una especie de figurantes que se escapan a participar en el rodaje de una película. Salvo las personas que sacan el perro, todo encaja para una ficción: calles sin vehículos y sin niños, comercios con la persiana echada y los rostros de perplejidad e incertidumbre de los vecinos, temerosos de contagiarse solo con pisar la acera, como si el virus lo esparciera un avión que lanza bombas de racimo. Nunca lo imaginamos, pero si tenemos la suerte de llegar a viejos, también podremos evocar hazañas, como nuestros abuelos, y pronunciar una de esas frases épicas. «Solo salíamos a por pan». Otra cosa es que suene a batallita. Porque yo tampoco termino de creerme la extraña coreografía de la panadería de mi barrio. George Orwell, entre las características del pueblo inglés, destacaba su cortesía, su clasismo, su apego a los animales y, sobre todo, su disposición a hacer colas. Pero nosotros nunca hemos sabido. Al menos hasta ahora. Siempre eran filas gruesas y deslavazadas, que los pícaros iban deshaciendo por los lados. Así que sueño con que un domingo de estos alguien salga de la panadería y diga: «Corten, por favor, corten».

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