Silencio


Aromas que nos transportan a nuestra infancia, canciones que nos llevan a revivir momentos de la de la juventud, esas fotos del álbum que recuerdan viajes o instantes de felicidad en familia, ese traje que evoca la boda de un amigo... Estos días de confinamiento da tiempo para casi todo. Engancharse a Internet y a sus miles de propuestas para animarnos, ver un maratón de series, recuperar las canciones de Aute, ponerse al día en la lectura de esos libros que se almacenaban en la mesilla, rebuscar en los cajones que no abríamos desde hace meses, poner patas arriba el armario... Al final, te das cuenta que 70, 80, 90 metros cuadrados de un piso dan para mucho. ¡Quién nos iba a decir que había tantas posibilidades! Si hasta alguno podrá presentarse a la próxima edición de MasterChef después de sacar al cocinero que tenía escondido dentro durante estas jornadas. Pero, sin lugar a dudas, si por algo recordaré estos días, es por su sonido. Mejor dicho, por la ausencia de él. El silencio se hace cada vez más presente y eso que ya casi parecía que no existía en nuestra frenética sociedad. El trajín del tráfico que acompañaba constantemente las calles ha desaparecido en gran medida. Semeja que siempre es la primera hora de una jornada festiva, cuando nadie se ha levantado más allá de los que tienen que trabajar. Nuestras pisadas, que habitualmente pasan desapercibidas, son más audibles. Incluso el trinar de los pájaros llega a colarse y nos damos cuenta de todo el ruido que nos invade en el día a día. Un silencio que esta vez no buscamos y que de alguna forma rompemos a esa hora del aplauso. ¿Lo echaremos de menos?

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