Alguien ha empezado a tomarse muy en serio la hora de los aplausos y ha sacado de su confinamiento una vuvuzela. Ayer, en esa explosión atropellada de palmas que siempre se adelanta, lo eché de menos. Después e un par de días atronando, no estaba. Ante estas ausencias precipitadas he encontrado consuelo en las primeras patadas de una primavera encerrada al otro lado de la ventana. No puede entrar, pero se empeña en ir derramando luz por toda la casa, disfrazada de quinqué que ilumina el camino por el que avanzan estas crónicas confinadas.
He vuelto a bordar un mantel que se había quedado en el fondo de una caja. Hay momentos en los que los nervios se me ponen de punta y he decidido que voy a cansarme a base de puntadas. Estamos tranquilos, porque en este vecindario parece que todavía no hay visillos con la policía del encierro agazapada. Ayer salí un segundo a echar la basura y nadie me increpó desde las ventanas. Alguien escribe en Twitter que a su pareja le han escupido al salir hacia el trabajo esta mañana. A punto de sufrir un ERTE, estos días no puede faltar, ni tiene teletrabajo ni vacaciones pagadas. Pero un agente de los estores decidió esa persona merecía ser humillada.
Resulta que ha aparecido una policía del visillo que insulta encaramada a un pedestal moral que se ha construido sin tener ni puta idea de nada. Al abrigo de la cortina se dedica a increpar a discreción, porque ellos son los responsables y el resto una morralla. No les importan lo más mínimo las circunstancias, son justicieros que se han hecho una capa de superhéroe con las persianas. Pues vaya.