Existe una teoría de lo más simplona que diferencia la forma de amar dependiendo de si tienes gato o perro. Esta fake new sostiene que si tienes perro te gusta dar cariño y si eres gatuna, recibirlo. Pero ahora el coronavirus nos diferencia entre personas con salvoconducto o recluidas en casa con peluches de carne y hueso.
Hago esta reflexión en uno de los días más extraños de mi vida, en el que me arrepiento de haber puesto el prelavado del lavavajillas porque el ruido no me permite escuchar a los pájaros que cantan aprovechando el sol que se cuela en este encierro.
Desde mi ventana, una de mis felinas tira de instinto e intenta atraer a sus presas cantarinas, libres y felices en una mañana sin apenas ruidos y falsamente apacible. Veo a una vecina paseando a su perro desde esta cárcel que para sí quisieran millones de personas que sobreviven a la intemperie. Y pienso que perrunas y gatunas disfrutamos a nuestra manera del privilegio de los animales que nos acompañan en esta inimaginable e interminable aventura que supondrá vivir esta clausura sanitaria.
El armario me mira desordenado e implora en silencio un poco de sentido. La pila de libros me recuerda que están aquí para acompañarme y cultivarme. La segunda felina, la suave guardiana de mi madre, se acerca y me apaga el ordenador. Yo me cabreo, ella se asusta, me mira y me viene a la mente otra noticia falsa, esa que dice que los felinos no son de fiar. Se me ocurre la idea de encerrarlas a las dos en el armario para que hagan limpieza por mí. Seguro que tanto destrozo tendrá algo de positivo. Eso sí, solo para quienes tenemos armarios a rebosar.