Baroja bajo la tormenta


Sobrecoge, desde la distancia temporal, recordar cómo el 25 de julio del 2013, mientras en Angrois se contabilizaban los muertos, en A Quintana los niños disfrutaban del espectáculo de los gigantes y cabezudos de las fiestas del Apóstol y los peregrinos seguían llegando a la Catedral ajenos a la tragedia que se vivía a tan pocos metros del fin del Camino. Un año antes, el 4 de febrero del 2012, todos los periódicos recogían el anuncio del rescate de la banca, un crac que impedía seguir haciendo la vista gorda sobre las terribles consecuencias de la crisis en la economía española. Ese mismo día, Touro daba el pistoletazo de salida al Entroido do Ulla y los vecinos de Sar celebraban San Blas ajenos a las turbulencias bursátiles. Hay una historia que se escribe en los libros, y luego, un sinfín de pequeñas historias personales que son las que en realidad marcan la biografía de los mortales. A fin de cuentas, cuando el Hortensia sacudió Galicia, yo me encerré en mi habitación de estudiante compostelana y fui feliz leyendo. Luego, cuando al día siguiente supe de los efectos de la tormenta, me remordió la conciencia. Quizás por todo ello no nos debería sorprender que el mismo día en que se anunció la suspensión del Mobile World Congress de Barcelona, que podría provocar unas pérdidas de 500 millones de euros, en el Parlamento de Cataluña se hablase de los rasgos físicos de los extranjeros y en el Congreso de los Diputados se idease un guion de novela de espías a costa del encuentro entre Ábalos y Delcy Rodríguez. Al menos yo, en mi descargo, puedo alegar que leía a Baroja.

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