Grelos en dron


En la facultad de Matemáticas de Santiago, esa que figura en los ránkings de todo el mundo por su excelencia, alumnos y profesores desentrañan los secretos del big data con los paraguas abiertos por las goteras. Hace un par de años, cuando los centros singulares de la USC, que exportan investigadores al acelerador de partículas que recrea en Suiza el origen del universo, celebraron una jornada de puertas abiertas, los visitantes se encontraron, al llegar, a los científicos armados con fregonas tras unas inoportunas inundaciones en el edificio del Ciqus. Los agujeros que dejan al descubierto las goteras de los últimos días en Santiago demuestran que no son episodios aislados en la ciudad de las contradicciones. La misma cuya catedral atrae a peregrinos de todos el mundo pero deja su libro más valioso en manos de un electricista. La que exporta ingenieros informáticos pero no tiene Internet en el casco histórico. La que recibe a premios Nobel y los tiene varias horas sin luz en un hotel centenario. Santiago de Compostela es como el mundo de Blade Runner, donde las maravillas de la sociedad de la información se codean con la naftalina y la tecnología de vanguardia se expone en una vieja mesa de madera carcomida por cinco siglos de historia. En realidad, siempre fue así y es parte de su encanto. Era así cuando la vanguardia que llegaba a Clangor hacía bailar a los viejos habitantes del yacimiento de A Rocha y seguirá siendo así cuando los replicantes hagan el Camino, el beso al santo sea virtual y un teleférico supersónico cruce el casco histórico. Pero seguirá habiendo grelos en la plaza de abastos, aunque lleguen a casa en dron.

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