Aeropuertos


Mis bestias negras son los vigilantes de aeropuerto. Para ser justos, los de A Coruña y Madrid, tanto unos como otros. Porque a personal con una mínima preparación le regalan un uniforme y oiga, hasta ha desaparecido la Guardia Civil que siempre se mantenía en segundo plano.

Y así, uno llega con botas y le mandan descalzar, porque ellos son los reyes del mambo, y de ellos depende que pierdas el vuelo o no. Vano intento el explicarles que tengo cuatro coincidentes contestaciones en papel oficial de otros tantos eurodiputados gallegos que me remiten una comunicación de la Comisión Europa que dice que solo si pita el arco bajo el que se pasa procede descalzarse. ¡Cuatro!

Uno lleva botas sin metal alguno menos las cremalleras, y no pita el arco. Y aquí paz y después gloria. Así lo entienden y no he tenido que descalzarme en Lavacolla (han ganado mucho en amabilidad), Londres Heathrow, Londres Stansted, Helsinki y Copenhague en estos meses pasados.

Y para rizar el rizo fue la contestación en Madrid hace muy pocos días cuando les explicaba algo tan sencillo como eso: «Es que Barajas es un aeropuerto internacional y Santiago no». Buen nivel cultural, no me digan… Y cuando, tras pasar el arco humillado y descalzo, emprendo rumbo a la puerta de embarque siempre hay alguien que de manera más o menos educada dice que todo es por mi seguridad, aunque ello implique pasarse por el forro a la Comisión Europea y reducir mi libertad rebajándome a la categoría de monigote. «Así que si le dicen que por su seguridad tiene que pasar en calzoncillos, usted lo haría». «Si me dicen que es por mi seguridad, sí».

Chis pón, que dice un psicólogo amigo. O sea, no hay más preguntas, señoría.

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