La mayoría de los días mueren sin mayor pena ni gloria, como si fuesen esas piezas que se desechan alegremente en una cadena de montaje. El transcurso de una buena parte de la vida quizá no sea más que eso: una constante acumulación de pequeñas muertes que pasan desapercibidas, las muertes de ese montón de jornadas absurdas de las que apenas recordamos nada. Esos días que acaban y vuelven a nacer, incansablemente, y que reciclamos como si fueran los tapones de una botella de agua mineral. Hay un grupo de insectos, las efímeras, cuya existencia apenas dura 24 horas, una longevidad similar a la de esos días inmortalizados en forma de número en el calendario de la pared de la cocina y que muchos entierran con un tachón. Quizá a esos minúsculos bichos, parecidos a un mosquito, todo este tiempo les suponga una vida plena y larga, como si llegasen a centenarios.
Esta semana, sin ir más lejos, ya se me han muerto el lunes, el martes y el miércoles, y ni siquiera he tenido tiempo de despedirlos. Eso sí, se han ido con dignidad, como aquellos jubilados que vivían en el quinto y saludábamos cada mañana en el portal. Pero yo no he llorado a mis días. Ni siquiera he podido conocerlos, y eran míos. Sin que nos demos cuenta, quizá a muchos de nuestros días los esté matando una plaga letal, una pandemia silenciosa de apariencia inocua, desconocida para la ciencia, pero terriblemente devastadora. Eso que consiste en hacer lo normal, lo mismo que todo el mundo a la misma hora. A estas alturas me conformo con poder recordar algunos de mis días como si durasen 48 o 72 horas, que es lo que viven las moscas.