Una deriva monumental


Hace años que se airea el temor a que el casco histórico de Santiago se convierta en un decorado para recreo de los turistas, en un trampantojo de lo que un día fue. La expresión más manida, y desafortunada por las connotaciones que acarrea, para retratar la deriva que padece la zona monumental es la de parque temático. Lo malo es que no cabe hablar aquí de un riesgo, sino de una realidad. Porque hace tiempo que esa flor se marchitó esperando por planes para revitalizarla que nunca acaban de llegar. O mejor dicho, que no dan con la tecla de lo que realmente demandan los comerciantes y vecinos que mantienen encendido el fuego en el casco viejo.

Porque claro que es primordial preservar ese patrimonio excepcional que atrae a decenas de miles de visitantes cada año, pero también lo es dotarlo de las infraestructuras necesarias para que su tejido empresarial pueda desempeñar su actividad de forma competitiva. A punto de superar el año en el que Ridley Scott situó la acción distópica de Blade Runner, con sus coches voladores y sus replicantes, el corazón de Compostela todavía sigue esperando por una solución que le permita disponer de fibra óptica. La imagen del vecino que, asomado a la ventana, busca cobertura orientando el móvil resulta demoledora.

Hay un problema con el comercio, cada vez más copado por la hostelería y sometido a los rigores estacionales del turismo, pero también con la vivienda. El casco histórico solo tendrá vida real en la medida en que esté habitado y los niños corran sobre su enlosado. Lo demás son tiros al aire. O en el pie, que duelen más.

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