El modelo Compostela


Por primera y última vez en mi vida me ha coincidido la necesidad de cambiar una mampara de baño, una mesa de comedor y, puestos en gastos, unas viejas puertas de interior. Son artículos de cierto volumen, de estocaje complejo y un coste alto pero que necesariamente hay que verlos para acertar con la compra. A pesar de mi insistencia por catar en tienda, los vendedores desenfundaron todo tipo de catálogos de impecable presentación por si entraba algo por el ojo, pero lo que me impactó de estas publicaciones no fueron los productos, sino los nombres de las colecciones. En al menos tres casos comprobé que utilizan ciudades europeas para denominar los distintos modelos. Tiene sentido, porque es una fuente inagotable que además penetra muy bien en un público mínimamente formado, ni siquiera viajado.

Hay pautas comerciales, porque la asignación es toda una declaración cargada de semántica. Cualquier elemento con un diseño curioso lleva siempre nombres nórdicos: la mesa Estocolmo, la puerta Oslo, la mampara Copenhague... Los productos más sofisticados y caros eligen Ginebra, Niza o Venecia, mientras que las gamas medias con aspiraciones recurren a destinos populares, como París, Berlín o Londres. A cambio, detecté que una casa francesa de bricolaje escogió urbes españolas para identificar lo peor de lo peor. Gracias, pero no.

Mi ciudad, europea y universal, nunca apareció, y ante tamaña omisión me empeñé en encontrar una referencia en el mercado. Y apareció: el andador para ancianos modelo Compostela. Que ni pintado. Calidad a rabiar. 65 euros.

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