¡Santiago y cierra, España!


Obsesionados por ganar unos puntos en la próxima encuesta, Pedro Sánchez, Pablo Casado, Albert Rivera y Pablo Iglesias se afanaron en el debate televisivo por destrozarse entre sí y dejaron a Santiago Abascal, que parecía el convidado de piedra, todo el ancho de Castilla y el largo del programa para que soltase sus perlas con ese tono tranquilo con el que parecía explicar una receta de flan casero mientras eliminaba las autonomías, acusaba de abusos sexuales a buena parte de los extranjeros, abogaba por la ilegalización de partidos y cuestionaba la violencia machista. Y no pasó nada. Ninguno de sus contendientes le rebatió, le reprendió o, por lo menos, le corrigió. Nada. Con lo que la presencia de Vox quedó totalmente normalizada en la política española. Y yo me asusté. Y al día siguiente mi desasosiego creció cuando comprobé que a todos con los que hablaba les había llamado la atención lo mismo que a mí, la impunidad con la que la extrema derecha se había colado en nuestra democracia. Por eso, en cierto modo, me congratuló leer ayer cómo el propio Abascal reconocía que su ideario no tenía cabida en Galicia. Por la razón que sea -sospecha que por la fuerza extraordinaria del PP, si bien luego admite que ocurre en otras comunidades históricas en las que la derecha tradicional no es mayoritaria-, él calcula que seguirá siendo así «en estas elecciones y en las siguientes». Y yo pronostico que en muchas más, porque hace siglos que el saludo con el que Galicia recibe al peregrino es el Ultreia del Códice Calixtino, y no el Santiago y cierra, España que tanto parece añorar el tocayo de Santiago Matamoros, representado en figura ecuestre.

La Voz de Galicia
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