El lunes no suele ser un buen día, pero hay inicios de semana que marcan especialmente. Este lunes fue uno de ellos porque, en plena vorágine de inicio de ciclo, a todas las personas de bien, y yo me considero una de ellas, se nos encogió el alma y se nos helaron las tripas con el aviso de que un ser, al que no se le puede atribuir nada bueno de ninguna especie del reino animal, segó la vida a tres mujeres, destrozándosela también a la familia de las víctimas de su atroz asesinato y a la suya propia.
En situaciones así no hay palabras que puedan definir los sentimientos de quienes conocían a María Elena Jamardo y a sus dos hijas, Sandra y Alba Boquete, tres mujeres que ya no están por la sencilla razón de que Sandra ejerció su derecho a vivir conforme a sus deseos y posibilidades con el apoyo de su familia. Y él quiso que no fuese así.
A las personas de bien no nos salen las palabras, en parte porque tras el primer golpe de este atentado de terrorismo machista vemos que hay seres innombrables que sí las tienen para buscar alguna justificación a semejante barbarie, como si no fuesen conscientes de que esta sociedad, enferma de patriarcado, también puede darles una inmerecida sacudida.
Puede que a quienes seguimos con las tripas congeladas no nos salgan las palabras durante días, pero en nuestras conciencias tenemos muy claro que no hay perdón posible por lo ocurrido ni ante cualquier intento de justificación, de la misma forma que no hay consuelo para quienes conocieron y amaron a estas tres mujeres que ya no están porque él así lo quiso.