Fama


Algunos leídos que todavía quedan se echaron las manos a la cabeza cuando una espontánea escribió en Twitter: «La izquierda se apodera de todo, hasta de la canción Bella ciao». Es lo que tiene vivir en estos tiempos revueltos en los que la prestigiosa abogada Amal Ramzi ocupa más portadas por su belleza y por su matrimonio con George Clooney que por su currículo profesional, en los que la princesa del pueblo compite en famoseo con la nieta de Grace Kelly y el Chapo Guzmán tiene más visitas virtuales que Pepe Mujica. Si el hijo de la duquesa de Alba se pone al nivel de un plebeyo y publica en un libro lo peor de sí mismo, a nadie debería extrañarle ya que el himno de los partisanos suene en las discotecas. Si ya todos hemos asumido que nadie sabía lo que era el Códice Calixtino hasta que lo robaron, no debería sorprendernos que ganadores del Nobel de Literatura como Camilo José Cela o Mario Vargas Llosa sean más conocidos por sus líos amorosos que por su manejo de la lengua. Así que ahora perseguiremos a Manuel Fernández Castiñeiras como hicimos en su día con el Dioni o El Lute, como si hubiese hecho algo para merecerlo. Dice la RAE en su tercera acepción del significado de la palabra fama: «Buena opinión que la gente tiene de alguien o de algo». Más acertada me parece la primera: «Condición de famoso». Y añade como ejemplo: «No hay que confundir la fama con el éxito». Descartado por casposo el diccionario, ¿será tan difícil consultar en la Wikipedia la historia de Bella ciao? Es la segunda entrada en Google, después de la de La casa de papel. Aunque solo sea por curiosidad, porque la canción es pegadiza.

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