Animales


La trinchera de la actualidad es dura. Se ven cosas que uno preferiría no saber que existen. El dolor cae de lleno como un mortero cada vez que, por ejemplo, la carretera siega una vida. Es difícil acostumbrarse a la desesperación de las familias, al llanto de los que acaban de perder a uno de los suyos. A veces, también me ha pasado, el que se había quedado sobre el asfalto no era una persona ajena. Era el padre o la madre de alguien cercano. Era, incluso, un amigo. En este lado del frente se lidia con tragedias. Se sufre cada año con las víctimas de Angrois, se mira a los ojos de los asesinos, se reconstruyen sus crímenes, se pierde el sueño con su crueldad y se pelea cada mañana con el firme deseo de renegar del ser humano como especie. Pero admito que nunca había tenido que contar que un señor había sido denunciado por abusar sexualmente de la perra de su vecino. El dueño del pobre animal asegura que le introdujo reiteradamente la mano en la vagina de la perra. Y si eso no fuese suficientemente repulsivo y aberrante, que aquello le provocó al can, de raza boxer, continuas infecciones vaginales. Es decir, que el supuesto zoófilo, no solo tiene la mente llena de sucias inmundicias, sino también la mano. Esa es la explicación menos asquerosa. La otra es que quizás no fue solo la mano lo que acabó dentro de la perrita. Admito que una historia así aún no había sacudido mi trinchera. Algo así solo puede calificarse como humanada, porque cualquier animalada no llegaría a tal grado de barbarie. Aumentar las penas por maltrato animal es necesario, pero también me seduce la idea de crear un catálogo de humanos peligrosos, ponerles un chip y sacarlos a la calle solo con bozal.

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