A mi mujer y a mí nos gusta ver series. Sobre todo las de suspense. Huimos de modas y lugares comunes, por lo que, obviamente, no hemos visto ni un solo capítulo de Juego de tronos. Ni lo veremos. Es una cuestión de resistencia. Ahora estamos con Mr. Mercedes. Solo diré, por aquello de los spoilers, que hay un asesino macabro. Un tronado con una madre tronada que, sin embargo, en un momento de lucidez le dijo algo muy sensato que me hizo reflexionar: «Una madre -o un padre- solo puede ser tan feliz como el más infeliz de sus hijos». Y así es. El amor, y el filial especialmente, es como entrar en un casino con la esperanza de hacerte rico. Una ruleta en la que lo que está en juego es tu felicidad, pero en la que un tipo ciego, sordo y mudo hace las apuestas por ti y con tu dinero. Es difícil ser padre. Y más hoy en día, en la que es difícil ser cualquier cosa. Padre, madre, hijo, amigo, profesor, alumno, médico o gobernante. Todos estamos sometidos a un examen continuo en una extenuante carrera hacia la meta de la felicidad absoluta e idílica. Y eso, digámoslo ya claramente, no existe. No al menos todo el tiempo. Estar todo el tiempo feliz sería el equivalente a estar engullendo sin fin suculentos manjares. Reventaríamos. Creo que con los hijos conviene recordar que la verdadera misión de la vida es ser feliz y hacer felices a los demás. Y que la vida en sí misma, la salud, es el único premio que verdaderamente merece la pena de ese casino. Y tampoco viene mal echar la vista atrás y rememorar cuando tu padre no era el abuelo, sino solo tu padre. Y tú, el hijo. La vida no es una competición. Es un regalo. Y hay que aprovecharlo.