8M, igualdad

Xurxo Melchor
Xurxo Melchor ENTRE LÍNEAS

SANTIAGO

07 mar 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

En mi casa éramos dos. Mi hermana Teresa y yo. Ella, cuatro años mayor. Siempre fuimos educados en la igualdad. Los dos respondíamos de igual modo ante la autoridad, que en apariencia era mi padre pero que en realidad ejercía mi madre. Imagino que como en la mayoría de las casas. Mi padre diseñó un sistema de pagas y horas de llegada por edades al cual nos ajustamos siempre ambos. Por igual. Teníamos también las mismas responsabilidades en casa, que básicamente eran poner y quitar la mesa, hacer comidas básicas, recoger nuestras habitaciones y activar el modo zafarrancho de combate -expresión materna- cuando tocaba limpieza en profundidad. De niño esa absoluta tabla rasa, esa igualdad absoluta, siempre me pareció lo normal. Me caí del guindo al hacerme mayor y empezar a ir a casas de chicas con las que salí. Fue entonces cuando empecé a ver a sus madres fruncir el ceño al verme ayudar a poner o quitar la mesa con frases como «parece mentira, habiendo tres mujeres en la casa y que lo tenga que hacer él». Ese machismo ejercido por mujeres fue el que siempre me dio más escalofríos, porque los maridos de aquellas señoras también serían unos machistas, pero no decían nada. Estaban callados en sus sillas. Imagino que como en la mayoría de las casas. No me gustan los ismos que engendran odios y por tanto no estoy del lado de todos aquellos que se dicen defensores de causas en las que me siento involucrado, ya sea el feminismo o el ecologismo. Creo en la igualdad. Es esa que, por extendida y asumida, ya no hay ni que pelear por ella. En esa igualdad perfecta por la que mi hermana y yo nos poníamos en marcha cada vez que oíamos «zafarrancho de combate».