Discapaz


Si uno va de visita al centro de día de Aspanaes en Villestro se sentirá incómodo, porque todo allí está pensado para la comodidad de esas personas que se dice que tienen discapacidad. Denle la vuelta a la historia, vacíen sus mentes de prejuicios, cambien la perspectiva, modifiquen el punto de vista y sean capaces de ponerse en el lugar de alguno de esos chavales. Para ello, el discapacitado es usted, incapaz de amoldarse a lo que para ellos es lo normal. Mar Medeiros, licenciada en Derecho por la USC y directora de la Fundación ONCE-Inserta, lo dice bien claro: «Todos somos muy buenos en unas cosas y muy malos en otras». Yo, por ejemplo, tengo una manifiesta discapacidad para entender los gráficos o para ver, en conjunto, la colocación de todas las piezas en un tablero de ajedrez. Soy incapaz de entender la teoría de cuerdas y me cuesta trabajo, cuando cambia la hora, saber si tengo que adelantar o retrasar el reloj. Y ya no digamos si tengo que hacer una llamada a Londres y calcular si es una hora más o una hora menos. Y nadie me llama por eso discapacitada. En la Fundación ONCE no contratan a un arquitecto que va en silla de ruedas porque no pueda andar, lo contratan porque es arquitecto. Yo no voy en silla de ruedas, pero no sé dibujar planos. Por todo ello, para que podamos ser capaces de ponernos en el lugar de los otros y entender así su normalidad, son tan importantes mensajes emocionados e inteligentes como el pronunciado por Jesús Vidal en la gala de los Goya: «Inclusión, diversidad, visibilidad». Quizás así seamos capaces de quitarnos la venta de los ojos, porque no nos llamarán discapacitados, pero sí estamos algo atrofiados.

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