Cerca o lejos


Mi abuelo era capaz de enumerar, sin equivocarse, los pueblos por los que atravesaba la carretera para ir de Negreira a Zaragoza. Era el segundo argumento que más repetía sobre sus recuerdos de la Guerra Civil. El primero, que afortunadamente nunca había tenido que disparar a nadie. Fuera de su periplo obligado por el mapa de España a causa de la contienda, a él nunca le interesó demasiado dejar su casa, sus castaños y sus viñedos bañados por el Tambre. Al margen de alguna expedición fuera de Galicia para pescar o cazar, o de esas excursiones obligadas a Santa Tegra cuando venía la familia, nada le llamaba la atención fuera de lo que hoy se llama su espacio de confort. Y sin embargo, a mi abuelo le importaba mucho un lugar al otro lado del Atlántico: Venezuela. Como a la mayor parte de la población gallega, por sus vínculos personales, familiares y afectivos. Porque tenía allá sobrinos -no carnales, sino de su mujer- a los que había criado como si fueran sus hijos. Así que al margen del petróleo, de los intereses económicos de Trump o de Putin y de las guerras partidistas de los líderes políticos españoles, para los gallegos Venezuela es una parte más del terruño. En aquellos largos veranos de las postrimerías del franquismo y en los primeros años de la democracia llegaban los emigrantes cargados de bolívares. Luego, los viajes se espaciaron. Después, se interrumpieron. Y en el mejor de los casos, llegó el definitivo, el del retorno. Mucho se escribió sobre la diáspora, pero el desenlace de aquellas historias está por venir y los gallegos asistimos sobrecogidos a sus inquietantes capítulos. Adverbios como cerca o lejos no los marcan las distancias, los marcan los afectos.

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