La niebla

Susana Luaña Louzao
Susana Luaña DE BUENA TINTA

SANTIAGO

No leí el libro Peregrinos de la herejía escrito por la canadiense Tracy Saunders, pero sí me quedé con una de sus frases: «No importa si en la Catedral está enterrado Santiago, Prisciliano o Michael Jackson», dijo cuando promocionaba la novela. Tenía mucha razón. A los compostelanos, realmente, les importa poco la procedencia de las reliquias del templo compostelano. Lo único trascendente es el calado de la leyenda. No es el único caso; la búsqueda del vellocino de oro por parte de los griegos, del Santo Grial en las culturas celtas o de El Dorado en la era de los descubrimientos son ejemplos de talismanes de existencia nunca demostrada que perduraron en el tiempo por la fuerza de su misterio. Por miles y millones de páginas y de sesudos tratados que se hayan hecho en torno a estos enigmas, nadie ha podido explicar por qué sus laberintos atrajeron a generaciones de estudiosos empeñados, no tanto en resolver el misterio, como en perpetuarlo. Santiago, la Ruta Xacobea, Fisterra, el juego de la oca y la concha de vieira forman parte de un imaginario colectivo que condujo a ejércitos de peregrinos al final del Camino atraídos por la belleza de lo inexplicable e inexplicado. Solo una imagen puede alcanzar la misma fuerza que el mito, y esa imagen la captó el gran Xoán A. Soler en una mañana de niebla sobre la que emergen, poderosas, las torres de la Catedral. El misterio está allí abajo, y es tan potente como esa fuerza que hacía levitar a Castroforte del Baralla cuando se confabulaban las criaturas de Gonzalo Torrente Ballester en La saga/fuga de J.B. Quizás Santiago levite también en los días de niebla, ensimismada en su grandeza.