Me duele la vida


Debió de ser el único instante del día en el que no había nadie en el bar. Apoyé los brazos en la barra. El dueño salió de la cocina, masticando, y me preguntó qué quería con escasa cordialidad, como si le hubiera interrumpido en el segundo plato. Eran las cuatro y pedí un descafeinado de máquina. Olía a guiso, que es como huelen los días laborables. Me quedé observando la cafetera del establecimiento como si fuera una locomotora de vapor, un vestigio de otro tiempo todavía vivo, como esas instalaciones fabriles del extrarradio de las ciudades que resisten a la revolución tecnológica. El hombre calentó la leche con el chorro de aire caliente, limpió el molinillo y me sirvió el café. Sin decir nada, regresó a la cocina del bar, donde la familia debía de estar comiendo.

La televisión estaba apagada y en el establecimiento sonaba de vez en cuando la tragaperras con su intermitente cantinela y sus manzanas de colores. Reinaba una extraña calma. Al cabo de un rato, entró una señora muy mayor. Iba con dos muletas y tenía graves problemas de movilidad. Con esfuerzo, logró sentarse en una de las mesas. La mujer pidió un café doble y un bollo, que empezó a cortar parsimoniosamente con el cuchillo y el tenedor. Sus movimientos eran lentos. Cuando tuvo todos los pedazos en el plato, los echó en la taza y empezó a comer sopas con la cuchara. Entonces me acordé de las cenas de mi abuela, las de toda la vida. Al terminar, la señora se levantó con dificultad e hizo un gesto de esfuerzo. Me acerqué para ayudarla y la cogí del brazo. «¿Le duele algo?», le pregunté. «Me duele la vida», me contestó.

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