Otro quiosco que dice adiós


Van cayendo, uno a uno, poco a poco, y mientras, todos asistimos a sus muertes con escalofriante naturalidad, como si fueran ancianos llenos de achaques a los que poco o nada puede ya depararles la vida. Los quioscos llevan tiempo muriéndose, y con ellos se marchan muchas más cosas: el lugar donde comprar el periódico, o una revista, o las golosinas, o una libreta, o un lápiz. Se va también una forma de empezar la jornada, con más pausa, cuando se hablaba de muchas cosas, pequeñas e insignificantes cosas, pero que hacían mucho mejores los días.

Los dueños del Quiosco Fátima, que llevaba abierto más de 30 años en República Arxentina, dicen adiós. No sé cuántos periódicos habrán vendido en todo este tiempo, cuántas gomas de borrar, cuántos cuadernos lisos y con rayas, cuántas carpetas.

Vendieron las portadas de los diarios que nos informaron de la caída del muro de Berlín, de las olimpiadas de Barcelona, de los atentados en el corazón financiero de Nueva York, de la catástrofe del Prestige y de la tragedia ferroviaria de Angrois. Días históricos, algunos de muy triste recuerdo para los santiagueses. En su adiós, podrían haber recordado todo esto, pero en la entrevista que les hizo mi compañera Marga Mosteiro hace apenas unos días, los propietarios se acordaron de sus clientes y de cómo se han ido despidiendo de ellos unos a uno. «Los vamos a echar mucho de menos porque alguno viene desde el primer día que abrimos». No se me ocurre despedida más cariñosa para todas esas personas que empiezan el día hablando con otras, y no con la pantalla del móvil.

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