La memoria


Me gusta ir a los cementerios, y lo reconozco a sabiendas de que cuando lo cuento siempre se me tilda de friki o de truculenta, puede que con algo de razón. Me gusta visitar los cementerios por dos cuestiones; la primera, por deformación periodística, porque coincido con quien dijo que las ciudades de los muertos no son más que la otra cara de las ciudades de los vivos, con su arquitectura, sus mausoleos, sus familias y sus epitafios. El segundo motivo tiene que ver con ese poso que dejan las añoradas lecturas realizadas a lo largo de una vida y que van desde la literatura gótica y el romanticismo al realismo mágico. Desde Lovecraft a Stephen King pasando por Edgar Allan Poe, Bram Stoker, Mary Shelley, Gustavo Adolfo Bécquer, Juan Rulfo, García Márquez o Isabel Allende. Sí, sé que es una lista poco rigurosa, pero dejarme llevar por el gusto acrítico es una forma de rebelarme a esos años llenos de análisis supuestamente científicos que no lograron que odiara la literatura. No me gusta, sin embargo, ir a los cementerios en Difuntos, porque duele la memoria, que es donde realmente están depositados los seres queridos, y no en esas tumbas húmedas y tristes que florecen una vez al año. Los muertos, lo sabía muy bien Cunqueiro, pueden convertirse en mitos si perviven en la memoria colectiva. La única manera de dejarlos morir es olvidarlos, como ocurre con esas lápidas antiguas de los viejos cementerios parroquiales de Santiago a las que el viento y los años les van borrando el nombre. O dejar de hablar de ellos y pasar las páginas más negras de la historia. Y que solo Merlín, Pedro Páramo o el gato negro de Poe permanezcan en la memoria.

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