No es posible caminar por la vida sin pena. No se puede vivir sin dolor, sin amargura ni errores. Sin golpetazos contra muros infranqueables o despeñarse por precipicios descomunales. La vida es caer. Lo único que marca la diferencia, lo que te convierte en la clase de persona que uno decide ser es la forma en la que decides levantarte. La manera en la que hincas de nuevo las rodillas en el suelo, te apoyas en las manos sin importarte lo heridas que estén sus palmas y te yergues. Y, claro está, las enseñanzas que se hayan aprendido en la caída. Porque el que nada aprende de sus tropiezos está condenado a repetirlos. Antes de que le descerrajaran un tiro tras salir de la ópera de Gotham, el padre de Bruce Wayne siempre le preguntaba a su hijo: «¿Por qué nos caemos?». Y aquel niño que luego sería Batman respondía: «Para aprender a levantarnos». Una y otra vez le he repetido esta misma frase a mi hija Helena y admito que cuando era pequeña era una auténtica delicia escuchar a aquella cosa pequeña con rizos repetir la frase con su adorable vocecilla que aún, si cierro los ojos en silencio, puedo escuchar pese a que ya hace tiempo que dejó de ser pequeña. Ahora que la he visto pasar de las palabras a los hechos, ahora que ya la he visto caer y levantarse, la satisfacción es mucho mayor que la que me proporcionaba oírla repetir la frase solo por dar gusto a su padre fan del hombre murciélago. Es duro ver a un hijo derrumbarse abofeteado por la vida. Es duro llegar a comprender que crear una vida no te da el control sobre ella. Esa es, quizás, la esencia y la maravilla de la existencia. Confiar en que las enseñanzas dadas sirvan para levantarse.