santiago / la voz

Fue en 1993, cuando Chequia se divorciaba de Eslovaquia y el icónico Pelegrín se echaba a andar con el primer Xacobeo, que también nacía el Aeródromo Militar de Santiago. En realidad, la explanación de los terrenos del aeropuerto de Lavacolla se remontan a 1935 y su afección militar, antes que civil, fue inmediata debido al estallido de la Guerra Civil. Pero como aeródromo militar propiamente dicho acaba de cumplir 25 años y, para soplar las velas, al coronel Manuel Muñoz Mompó, jefe de la instalación, se le ocurrió organizar por todo lo alto una jornada de puertas abiertas.

Y fueron miles las personas que ayer se acercaron a Lavacolla para fisgar en las cabinas de las aeronaves, adquirir los característicos parches del Ejército del Aire o presenciar las diferentes acrobacias y exhibiciones.

Por el aeródromo se pasaron muchos familiares y amigos de militares, pero todavía más curiosos que aprovecharon la oportunidad de acercarse por primera vez a un F-18 o hacerse un selfi con un C-101 de la Patrulla Águila. «Sempre me gustaron os avións, é o que máis me atrae», comenta Patricio Caamaño, que se acercó desde Sigüeiro con su esposa y sus dos niños pequeños, Rubén y Hugo, que no dudaron ni un instante en subirse a un todoterreno blindado VAMTAC (Vehículo de Alta Movilidad Táctica), fabricado por Urovesa en Santiago, para probar la metralleta.

De custodiar el blindado, y de responder a las preguntas, se ocupaban los miembros del regimiento de infantería Isabel la Católica de la Brilat de Pontevedra. «Es cierto, lo que más les gusta a los chavales es subir e intentar manejar la ametralladora», corrobora uno de los soldados. Paradojas del juego de la guerra en tiempos de paz. El consuelo es que no hay balas a la vista y los únicos disparos proceden de los móviles de los padres para inmortalizar el momento.

Muestras del adiestramiento de perros de la Guardia Civil y cabinas de simulación de vuelo fueron algunas de las actividades desarrolladas en una jornada de riguroso calor, y sin sombra a la vista, que requirió que algunas personas fueran atendidas por la Cruz Roja. Aunque lo que sin duda se llevó la palma fue la exhibición aérea del F-18, con su vuelo invertido, y de los apagafuegos con su aterrizaje estilo pelícano, así como los saltos de la Papea, la patrulla acrobática del aire, con base en Alcantarilla (Murcia), que desplegó del cielo las banderas del Ejército del Aire, de España y de Galicia.

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Los amos del cielo abren sus puertas