Al desnudo


Estos días de Festas do Apóstolo, Compostela es un hervidero de gentes llegadas de todos los rincones del mundo, con permiso de Ryanair en inminente huelga, que llenan viviendas turísticas legales e ilegales -pero ya no hoteles-, calles y terrazas de bares del casco histórico. Por consiguiente, siguiendo sus pasos, llega también un conglomerado variopinto de supuestos artistas callejeros de las más diversas especialidades, calidades e indumentarias. Algunos de ellos difícilmente resistirían los más indulgentes exámenes de música, danza u otras artes, y por eso apuntan al bolsillo del paseante tirando de los más imprevistos «instrumentos», incluso el de la desnudez total, masculina y femenina, en plena calle y en hora punta de bullicio ciudadano, como si eso fuese un mérito añadido. Intolerable. Recordarán ustedes aquel intento del Concello compostelano, en una época de política cultural de alto nivel, de controlar la calidad de los intérpretes callejeros y no autorizar a los aprovechados que, rasgando un violín o una guitarra, pretendieran despertar la generosidad -o la lástima, vaya usted a saber- de los transeúntes. En aquel momento pudiera parecer una boutade, pero a la vista de fotografías como la publicada por La Voz esta semana hay que pensar que no era un disparate. Sin generalizar, por supuesto. Porque Santiago es un ejemplo, desde los escenarios del arco de Xelmírez hasta los soportales de la Rúa do Vilar, de actuaciones de artistas callejeros que harían un digno papel en un coliseo. No metamos en el mismo saco las más diversas casuísticas del personal que «molesta» a los vecinos y comerciantes del casco histórico, pero hay episodios en los que no caben las contemplaciones.

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