Mis cafés con las Carmen


Cuando aún no tenía ocho años entré en lo que a mí me parecía uno de los clubes más selectos, el de las mujeres cafeteras. La cosa comenzó pronto porque una de mis abuelas, que se segundo nombre era Carmen, decía que el café era un vicio muy fino y siempre quiso que sus nietas le saliesen guerreras de escote y zapatos de tacón, y con un único vicio confesable. Acertó con el café y con lo de guerreras, mientas que lo del escote y tacón quedó muy mal repartido.

Ya crecidita, el café me echó un cable en la víspera de muchos exámenes y se convirtió en el mejor condimento de las tertulias de madrugada. Y cuando mi cerebro enganchado a la cafeína comenzó a ganarse las habichuelas, La Rectoral fue la guarida en la que me pertrechaba para cazar titulares.

Un día, para ganar tiempo, cometí el sacrilegio de sugerirle a Carmen, mi compañera y amiga, que comprásemos una cafetera para, como ella decía, aporrear el teclado con cara de abducida. ¿Estás loca? ¡Para qué está La Crème! Fin de la conversación.

Años después, con el estómago acostumbrado al brebaje negro de la máquina de Santiago, me entró otra Carmen por el ojo, por el paladar y también por el regusto del café en El Cardama. Ahora, por geografía y hostelería, ya no tengo cafés con ninguna de las dos, algo que enmendaré pronto. Lo que sí tengo es un mensaje en el móvil, digno de Celia Villalobos, que me dice que por lo que cuesta un café puedo mejorar mi jubilación. Y aquí estoy pensando, mientas aporreo el teclado, no en lo que gasté en cafés, sino en lo que gané con ellos. Y lo de la pensión, mejor os lo cuento otro día.

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