La lechuga


Hay imágenes de obras de arte que quedan grabadas para siempre en la memoria por el impacto que generan. Nunca olvidaré el David de Miguel Ángel y sus manos. Tampoco la Gioconda de Leonardo da Vinci detrás de numerosos cristales de protección. Quizás porque cuando aparecían en los libros de Historia de BUP no reflejaban lo que verdaderamente después me encontré en aquel primer cara a cara, como el David ahí esperando al final de un recorrido por la Galería de la Academia de Florencia. Nada tenía que ver con su reproducción en la plaza de la Signoria. En ese «top ten» de obras que me impactaron también está «Lechuga y granito». La encontré en el CGAC. Sería incapaz de recordar la fecha -mediados de 1995- y el título sin ayuda del hemerográfico. Tampoco el autor -el italiano Giovanni Anselmo-. Pero esa imagen de una placa de granito atada a un bloque de piedra por un alambre y entre ellas una hoja de lechuga me acompañará siempre. No había nada equiparable en mis libros de Historia porque hace casi tres décadas el arte parecía acabarse unos siglos atrás -las veces que nombraron a Picasso y Dalí se contaban con los dedos de una mano-. Ayer, me acordé de esa «Lechuga y granito» al recorrer las salas del CGAC para ver la exposición en la que narra los 25 años de su trayectoria a través de su colección. No estaba mi obra. La eché de menos porque siempre recordaré cómo nos explicaban que había que cambiar la hoja de lechuga periódicamente. Seguro que muchos que vayan a ver la nueva muestra encontrarán algunos de esos trabajos que le impactaron. Recordar nunca está mal en una sociedad de memoria frágil.

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