Me pasó en el 2017 -después de un montón de años cumpliendo fielmente- y me volvió a pasar hace justamente tres días, el sábado: no he podido ser juez en la recta final de los debates del Parlamento Xove, el ya famoso entre los alumnos PX. En este 2018, además, tanto la final de ESO como la de Bachillerato estuvieron muy reñidas porque el nivel fue muy alto. No sé si quienes sí las presenciaron me lo dicen con el corazón en la mano o solo para darme envidia, rabia y coraje. No he podido acudir y ya está, listo, a otro tema, pero con Parlamento Xove las cosas no funcionan así. Uno se encariña con profesores, alumnos, compañeros jueces, con Yolanda (la infatigable subdirectora xeral responsable de que todo funcione) y con el personal de la Dirección Xeral de Xuventude que se parte el alma varios fines de semana demostrando que hay funcionarios (¿la mayoría?) que hace justito, muy justito, su trabajo, y hay otros que se dejan la piel en lo que organizan, como es el caso de estos.
Los debates finales del Parlamento Xove tuvieron lugar en el Parlamento gallego, en Santiago. Pero eso es irrelevante. Lo importante es que a la rapazada se le está enseñando a debatir y -ojo, punto importante- a respetar al que tienen enfrente. Porque figura alto y claro en el reglamento que aquí no valen chanzas, zapatazos en la mesa, gritos y payasadas varias. Aquí se escucha, se expone, se rebate, se vuelve a escuchar y se vuelve a rebatir. Y por cierto, se viene vestido como hay que ir a los debates: mostrando ese respeto al adversario.
Lo dicho: ya se me va pasando, pero el domingo por la mañana tenía agrio sabor de boca. ¡Mira que faltar -causa mayor, por supuesto- a la final del PX 2018!