Cruzadas


A Carlos Santiago no me lo llevaría ni a hacer un brindis en una despedida de soltero, pero a estas alturas del culebrón escenificado tras su desafortunado pregón de entroido, al humorista lo han hecho más protagonista de lo que merecía por sus deméritos. Aunque formo parte de la totalidad de los vecinos de Compostela, menos cien, que no asistieron al pregón, me consta que el humorista pronunció palabras fuertes, y no solo con el apóstol Santiago y la Pilarica en el centro de la diana. Repartió mucho y mal, muy mal. No sé si son exactamente las palabras que se dice que dijo, matiz importante porque, además, dependiendo del tono y de su contexto en la interpretación, el chirrido de las frases supuestamente ofensivas varía; en todo caso, a aquellos que se lanzaron sobre el pregón como águila sobre su presa, la literalidad les importa poco. Es elemental que en un pregón de entroido tienen que caer las barreras de lo políticamente correcto pero no las del respeto a las personas de toda clase, condición y religión; ni las del respeto a la imagen de una ciudad, que es la de todos y cada uno de sus ciudadanos. Como contratante, con dinero público, de la desfeita carnavalesca, Compostela Aberta no puede ampararse en una interesada interpretación de la libertad de expresión, pero más peligroso se revela el montaje promovido desde ámbitos políticos y religiosos ultraconservadores (ahí no están ni el arzobispo ni el deán ni el portavoz del PP) que para azuzar sentimientos de buena fe instrumentalizan un acto que, por mal gusto, debería quedar condenado a la irrelevancia. Esas palabras que carga el diablo, en esta cruzada, las de más grueso calibre no son las del irreverente pregonero.

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