De tiempos

Tamara Montero
Tamara Montero CUATRO VERDADES

SANTIAGO

Siempre hacia adelante. Constante. No hay manera de detenerlo. Siempre, siempre avanza. A la misma velocidad, llevando consigo los años, las estaciones, la adolescencia, las primeras arrugas y después a los padres, y luego a los amigos. Ni siquiera al final, cuando la vida se apaga, se para. Hace unos meses -otra vez, incesante, el tiempo, la carga- un grupo de físicos consiguió hacer que fluyese hacia atrás. Poca cosa. Aquí, en esta ciudad, hay quien lo modifica a voluntad. A demanda. Diez de la mañana. Uno mira la pantalla. En la parada que tiene a un ascensor de distancia, el autobús pasa dentro de cuatro minutos. Así que si salgo ahora, lo cojo. Y me evito el atasco, el párking y llegar tarde a la cita, que salgo con media hora y tampoco es tantísima distancia. La cuenta atrás por las escaleras, apurando el paso, esperando en la parada. Y cuando llega a uno, el autobús que no pasa. Se obra el milagro. El tiempo se dilata. Y se dilata. Y lo que tenía que ser un minuto, según la dichosa pantalla, se convierte en ocho. Ya no da tiempo. Llegas tardes. Pides disculpas y maldices a los señores del tiempo de la aplicación para el bus de marras. A la vuelta, lo mismo. O distinto, porque esto es a demanda. El panel dice que el bus no pasa hasta dentro de once minutos. Como hace un frío de mil demonios y la lluvia no para, qué mejor que echar diez minutillos en esta tienda, que se ve desde dentro la pantalla. Y otra vez el milagro, pero esta vez el tiempo se contrae, no se dilata. Y cuando el panel avisa de que quedan cinco minutos, el autobús enfila la parada. Menos mal que los conductores, buena gente, esperan. Entienden de magia.