El circo


Hay costumbres que aún sobreviven y creímos muertas. Tradiciones que respiran entrecortadamente, pero que todavía están ahí, en los estertores, como un pez que agita la cola en la cubierta del barco. Por eso a veces todavía vemos un afilador de cuchillos, un turista a caballo o unos señores con un organillo y una cabra. En las viviendas también hay parabólicas, viejas antenas obsoletas, que son como la Mirinda de los tejados. En las explanadas de pueblos y ciudades, de vez en cuando, se monta la carpa de un circo. En Santiago acaban de poner una. Ahí está, majestuosa, con su traje de rayas. Hay algo fascinante en ese mundo nómada: la ciudad itinerante, el desarraigo, la habilidad transmitida entre generaciones. Ya no quedan circos como los de antes, con elefantes, tigres y leones, y con payasos, viejos payasos patosos con la cara pintada y dificultad en el lenguaje. Pensé que el circo que visitaba Santiago sería algo así. Y me equivoqué. Me confundí, claro, porque miré a esa carpa con ojos de niño cuando ya paso de los cuarenta. Tal vez haya algún afilador, pero no viejos circos como aquellos. Ahora llegan modernos espectáculos de luz y sonido, ilusionismo y magia, y equilibristas y malabaristas, todo profesionalizado. Han prohibido los circos con animales salvajes, y es lógico. Así debe ser. Antes también se fumaba en los trenes y se viajaba sin cinturón y sin aire acondicionado, amontonados atrás, en trayectos interminables. Ahora sería impensable. Todo ha ido cambiando. Por ejemplo, con los niños, los animales ya no se ven en el circo, sino en los campos de fútbol cada fin de semana.

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