Bueyes


El destino de Amarelo y Bonito tiene algo de metáfora de la historia misma de Galicia. Dos bueyes de dos toneladas por cabeza que fueron criados con mimo por un granjero en los pastos de Quiroga y que, tras cotizar como campeones en el Wall Street ganadero de Amio, acabarán surtiendo en forma de chuleta los fogones madrileños más selectos. Ya conocen la secuencia. Es la misma del caudaloso salto de agua del país que genera la electricidad que alumbra nuestras viviendas y que se comercializa en Bilbao o en Barcelona. Podemos darle vueltas y enfocarlo desde distintos ángulos, pero eso es así.

Aunque la trayectoria de las reses también funciona como paradoja que corrige muchas lecturas que habrá suscitado la metáfora anterior, esas que abominan del protagonismo del país como despensa o surtidor de ciudades más prósperas. No veo a los navarros mascullar su desdicha por tener una de las huertas más fecundas de Europa. Pero aquí ni siquiera el desfile inabarcable de chefs ensalzando el producto gallego parece suficiente para reflexionar sobre la caducidad de algunos conceptos. Del pueblo esmagado solo queda hoy una caricatura tan desfasada como el sambenito del aldeano que se apea en Atocha con la gallina.

Porque el epílogo de Amarelo y Bonito, al margen de connotaciones de otra índole que aquí no tocan, evidencia un reconocimiento a lo que se hace bien, el premio a una producción de calidad contrastada. En esta tierra que se está quedando en su interior como la cáscara de una nuez vacía hay un filón por explotar y poner en valor. Ya no se trata de economía de subsistencia. Es el mercado.

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