Empezó como jugador, fue también delegado, entrenador y dirigente, y es abonado
28 dic 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Son muchos los obradoiristas que recuerdan el viejo pabellón de Sar y los que se iniciaron en el actual Multiusos. También los hay, menos, cuyos primeros recuerdos remiten a Santa Isabel. Y es más difícil encontrar seguidores que fijan sus primeros vínculos a mediados de los noventa, cuando el club mantenía su personalidad jurídica con gran esfuerzo y con un equipo que competía en categoría zonal, mientras batallaba por su futuro en los juzgados con paciencia franciscana y la fe del carbonero.
En este último grupo emerge Nacho Parajuá (Compostela, 1975) que asocia su niñez más a San Lázaro que a Sar. «Mi padre era más futbolero y me llevaba a los partidos del Compos».
Pero a la hora de jugar prefería el parqué al césped. Empezó en el Peleteiro, después en el Alca y un día lo reclutó Pepe Martínez para el Obradoiro: «Me fichó, pero me ponía poco. Era base y tenía por delante a Salva y Quechu». La etapa de corto no tuvo mucho recorrido, pero echó raíces. No en vano, abrió un paréntesis cuando se trasladó a Ourense por cuestiones académicas, regresó antes de lo previsto y volvió al Obra, pero ya como comodín. Lo mismo hacía de delegado que ponía publicidades en la cancha o echaba una mano en los entrenamientos. Exploró esa faceta, la de técnico, y llegó a dirigir al que en su momento era el primer equipo y a varios de la cantera, hasta que acabado el pasado curso decidió poner punto y final.
Por el camino también descubrió una nueva faceta, la de directivo, en una campaña histórica, la 2009/10, la del debut en la ACB. Fue un poco por casualidad, como cuando era base y lo llamó Pepe Martínez. Esta vez la propuesta fue de José Ángel Docobo, para suplir a Carlos Iglesias.
De la utopía a la conquista
Unos años antes, cuando estaba en el equipo sénior zonal, le parecía una escenario inimaginable: «En las asambleas, Docobo informaba de como iban las cosas. Pero pensar que se podía pasar de la categoría más baja a la más alta... Lo veía como algo casi imposible». Hasta que llegó la sentencia favorable del 2003. A partir de ahí cambió la percepción, aquella lucha quijotesca ya no era una utopía.
Esa experiencia en la directiva la rememora como un año «divertido y duro», también contradictorio porque «no se acertó en muchas cosas, pero al final el club quedó en buenas manos». Y siguió creciendo.
Fue un curso no exento de tensiones, con mención especial para el fichaje de Massey: «Hubo debate y era de los que estaba en contra. Pero ahí se vio un ejemplo más de obradoirismo. Se organizó un día del club que no estaba previsto, y la gente pasó por taquilla sin protestar. El efecto Obradoiro no se explica, es una manera de sentir. La gente es el gran activo de este club».
De aquella temporada guarda, muy grabada, una vivencia de las que curten el alma, la del partido en el que se consumó el descenso matemáticamente: «No lo vi en el palco. Me fui a mi butaca de abonado y al acabar me quedó un buen rato, solo, después de que se vaciase el pabellón», como un boxeador grogui.
Como jugador, como técnico, como dirigente o como aficionado apunta en una dirección que ha percibido en todo momento: «El Obra es una gran familia». Y uno de los ejemplos más claros enlaza con su etapa en el banquillo: «Docobo citó a todo el equipo en el observatorio astronómico antes de arrancar la temporada. Esperábamos un discurso sobre las expectativas, lo propio del momento». Pero se encontraron con una «charla astronómica» que probablemente nadie haya olvidado y que resultó «muy ilustrativa».
Puesto a rescatar los momentos más dulces no duda en apuntar «a la primera victoria ante el Real Madrid, a pesar del bajón de la canasta de Bullock que llevó el choque a la prórroga».
Sin embargo, en lo alto del podio sitúa un partido de la etapa de las tinieblas: «Jugábamos para ascender a Primera Nacional. Habíamos organizado la fase y en el último partido había que ganar. Íbamos uno abajo a falta de 14 segundos. Vilas cogió el balón y en el último segundo anotó contra tablero». Vilas antes que Bullock. El Obradoiro primero.