Ascensores


De un tiempo a esta parte, vivimos en un permanente estado de alerta. Amarilla, naranja o una de esas con nuevos nombres que ponen los pelos de punta solo con escucharlos. Y es que he vivido ya dos o tres ciclogénesis explosivas y sigo vivo. Hasta les he perdido el miedo. Ninguna fue muy explosiva, todo hay que decirlo. A mí tanta alerta y tanto rollo me suena al cuento de Pedro y el lobo. Tanta tensión decepcionante, tanta infundada amenaza de apocalipsis climático nos hará bajar los brazos y el día que de verdad pase algo estaremos desprevenidos. Una de las cosas que menos soporto de estos tiempos es la trivialidad que se ha instalado en nuestra cotidianeidad. Ahora todo es noticia. El sol, la lluvia, el viento. Si hace porque lo hace y si no lo hace porque no. Pero es difícil escapar a riadas de noticias sobre el tiempo que han convertido la vida en una monótona conversación de ascensor. Yo he visto olas gigantes en Riazor. Temporales que amarraban la flota arousana por días y no había ni pescado ni marisco en las lonjas. He visto llover un mes entero en Santiago. Como el Nexus 6 de Blade Runner, tengo la pesada sensación de que todo aquello se perderá como lágrimas en la lluvia. Porque en aquellos años podían pasar esas cosas y no merecían ni dos líneas en los diarios. Y mucho menos minutos y minutos en la televisión. La meteorología es el opio del pueblo. Mientras estamos tan pendientes de esos fenómenos, tan comunes en este maravilloso planeta, están pasando cosas de verdad importantes a las que nadie, o casi nadie, presta atención y de las que estoy completamente seguro de que jamás oiremos hablar en un ascensor.

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